·Jacqueline Antúnes

Un nuevo comienzo

Hay momentos que quisiéramos borrar palabras que dijimos, decisiones que tomamos, promesas que no cumplimos, momentos que nos persiguen con culpa y nos hacen creer que ya no somos dignos de seguir adelante. Y es precisamente en ese punto, en el que creemos que no hay forma de reparar lo que hicimos, donde Dios se acerca. No para señalar tus fallas, ni para recordarte tu pasado, sino para hacerte una pregunta que tiene el poder de empezar de nuevo.

Un nuevo comienzo

Juan 21:17 (RVR1960)

Le dijo la tercera vez: Simón, hijo de Jonás, ¿me amas? Pedro se entristeció de que le dijese la tercera vez: ¿Me amas? y le respondió: Señor, tú lo sabes todo; tú sabes que te amo. Jesús le dijo: Apacienta mis ovejas.

Hay preguntas que confrontan lo que somos y revelan lo que realmente hay en nuestro corazón.

Una de esas preguntas es la que Jesús le hizo a Pedro:

“¿Me amas?”

No fue solo una vez, fueron tres y no fue casualidad.

Para entenderla, hay que regresar al momento más oscuro de Pedro.

Horas antes de la cruz, cuando Jesús le dijo que lo negaría:

Mateo 26:33-35

Respondiendo Pedro, le dijo: Aunque todos se escandalicen de ti, yo nunca me escandalizaré. Jesús le dijo: De cierto te digo que esta noche, antes que el gallo cante, me negarás tres veces. Pedro le dijo: Aunque me sea necesario morir contigo, no te negaré…

Esto me hace pensar en lo fácil que es decir que estaremos con Jesús pase lo que pase, que haremos todo lo que Él nos pide, que lo amamos con todo nuestro corazón.

¿Te ha pasado?

Que en un momento de emoción, de fuego espiritual, dices: “Señor, contigo hasta el final.”

Pero cuando vienen momentos de prueba, situaciones complicadas, esas palabras se vuelven difíciles de vivir.

Cuando arrestan a Jesús, Pedro lo sigue… pero de lejos.

Y entonces viene la prueba: Una criada lo reconoce, otro insiste que es seguidor de Jesús , finalmente lo confrontan otra vez… y Pedro niega, jura y hasta maldice de repente canta el gallo y en ese instante… Jesús lo mira.

“Entonces, vuelto el Señor, miró a Pedro… y Pedro, saliendo fuera, lloró amargamente.” (Lucas 22:61-62)

Es un momento duro, Pedro falló, sus palabras no estuvieron a la altura de sus promesas.

Este versículo nos muestra que incluso los más cercanos a Jesús pueden fallar, Pedro había asegurado con firmeza que jamás negaría a Jesús, estaba convencido de que sería fuerte, leal hasta el final, pero cuando la presión lo alcanzó y el miedo se hizo presente, terminó diciendo que ni siquiera lo conocía..

Después de eso Pedro quizás se sentía indigno, avergonzado y fuera del plan de Dios y regresa a lo conocido: pescar.

Porque cuando no sabemos cómo manejar nuestra culpa, volvemos a lo viejo.

Sin embargo Jesús después de resucitar busca a Pedro, en ese momento Jesús pudo confrontarlo por haberlo negado, pudo decirle, ¿Por qué me fallaste? O ¿Dónde estuviste cuando te necesité? pero Él, con ternura, lo lleva a una conversación transformadora, con una simple pregunta, ¿Pedro me amas?

Esa pregunta resonó tres veces en el corazón de Pedro, como si con cada afirmación que Pedro hacía, Jesús le diera la oportunidad de empezar de nuevo, de revertir su negación con afirmaciones de amor, y de borrar la culpa con gracia.

¡Qué manera tan poderosa de educar, guiar y discipular a alguien para que pueda ser restaurado!

Con la última pregunta Pedro se rinde a Jesús:

Señor, tú lo sabes todo; tú sabes que te amo. (Juan 21:17, RVR1960)

Esa respuesta de Pedro no suena como la de antes, ya no es impulsiva, ya no es confiada en sí misma, ahora es humilde pero sincera.

Antes decía: “Aunque todos te fallen, yo no.”

Ahora dice: “Señor… tú sabes.”

Que diferente es amar a Jesús desde la rendición y no desde la autosuficiencia.

Me imagino la sensación de alivio que Pedro debe sentir al saber que Jesús le perdona y no solo eso, sino que lo comisiona, y le da una vida llena de propósito.

Tal vez hoy tú te sientes un poco como Pedro:

  • Con promesas que no cumpliste.
  • Con decisiones que te pesan.
  • Con una culpa que no sabes cómo soltar.

Pero Jesús sigue haciendo la misma pregunta:

“¿Me amas?”

No porque no sepa la respuesta… sino porque quiere llevarte a un lugar de restauración.

Solo necesitas rendirte, y decirle, como Pedro: “Señor… tú sabes.”

  • Tú sabes lo que me cuesta.
  • Tú sabes dónde fallé.
  • Tú sabes lo que siento…
  • y aun así, aquí estoy.

Jesús no te rechaza, Jesús te restaura, y no solo te perdona, te vuelve a llamar, te levanta y te da propósito otra vez. Porque para Él, tu fracaso no es el final de tu historia… es el lugar donde comienza su gracia.

Oración:

Padre, perdóname por las veces que te he seguido de lejos, por las veces que el miedo, la presión o el cansancio fueron más fuertes que mi fe.

Restaura mi corazón, sana mi culpa, y vuelve a darme propósito.

No quiero seguirte de lejos… quiero caminar contigo de cerca.

Que mi amor por ti no dependa de mis emociones, sino de una convicción profunda.

Amén.

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